Reseña en LA VOZ DEL INTERIOR -6 de marzo 2002-

Puentes de papel






Silvio Mattoni

De nuestra redacción

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Los 32 poemas que integran Hierro de madera recorren un registro amplio, donde abundan las imágenes sorprendentes, las ensoñaciones de la infancia, aunque también la crueldad de unas figuras hieráticas y sus discursos entrecomillados como provenientes de antiguas leyendas. Podríamos suponer que en este libro, que es el primero que publica, Carolina Contino conversa con otras voces a las que intenta descifrar.


Así reconocemos a Juan L. Ortiz en los versos que dicen: “lloraba bajo el agua / yo no iba de pana azul / pero sí / la voz de la niña / con pudor , / con cierto pudor, / de los pétalos ebrios”; a la vez aceptando pero también defendiéndose de una identificación con esa muchacha de azul de un conocido poema de Ortiz.



Quizá sea un exceso atribuirles a las comillas, las versalitas y las cursivas que destacan ciertas frases un carácter literalmente alusivo. De todos modos, las citas no explicarían ese tácito reconocimiento que suscita una escritura poética auténtica –si se nos permite decirlo así– y que reza: esto no se parece demasiado a nada.

Las apropiaciones de los vestigios de la cultura, las alegorías remotas y los ritmos modernos, los arcaísmos y la oralidad, que realiza Contino desembocan en un conjunto cuyo efecto es la novedad. Aun si parecen remitirse al más lejano origen de la poesía occidental, se trata de poemas que sólo podrían escribirse aquí y ahora. Lo prueba una “Canción de amor” que comienza: “Arre, Caballito Mío, florcita de mi pago / llega al corazón / como una flecha / lanzada por Alcibíades / en plena batalla.”

Por otra parte, las escenas más comunes son llevadas por la potencia de un lenguaje barroco hacia la esfera de lo enigmático. Los “niños que corren en el recreo” por un patio de colegio se vuelven “gacelitas”, “gnomos” que desparraman su indiferencia en “praderas de zafiro”, para finalmente dar lugar a una interrogación que nos indicaría desde dónde son mirados, interpelados; “¿me escuchan los niños-perro que corren? / ¿de qué huyen los niños? / ¿a qué le tienen miedo? / el cuento que les cuento en la mañana habla de viajes / y de víboras aladas / ¿morderán las víboras a los niños, / los dejarán sin habla?”

Acaso la única ineficacia del libro de Contino sea su título, Hierro de madera, que no alcanzamos a entender del todo. Quizás el conjunto se hubiera definido mejor con el título del último poema, “Puentes blancos”, donde las palabras cruzan de la canción de cuna a un aposento exótico. La poesía de Contino trazaría esos puentes de papel entre la infancia y las más diversas tradiciones oídas, estudiadas, sospechadas. Y esas transformaciones constantes de cosas en sueños y de sueños en cifras de lo inmediato hacen pensar que estamos leyendo una poesía destinada a seguir, capaz de seguir siendo leída.

“Hierro de madera”, por Carolina Contino, Editorial Melusina, Mar del Plata, 2001, 29 páginas.